Leo con placer que un art director italiano de un trío de revistas de moda sigue con su búsqueda de “calidad” y proyecto”, persiguiendo, en esta era “digital”, un freno y una reflexión sobre el estado catastrófico (pero mudos en la crítica) de la sociedad siempre más “on the cloud”, poniendo a disposición para quien pueda un pack de fotos de calidad intensísima para hacernos recordar que la foto es también materia.

La inmaterialidad parecería ser el último bastión no “contra” sino “punto de descanso” de la aceptación in toto de la post-todo que el planeta creyó ser un ulterior paso de lo que a pocas decenas de años se le llamaba “nivel de vida”.

Se piense a la miniaturización del plato, a la deconstrucción (por el momento morfológica) de las puntas más avanzadas de la cocina contemporáneas y al fenómeno de la food photography.

 

 

Un péndulo sobre un abismo sobre el cual agarrado oscila Masterchef (él de España pero la solfa es más o menos esa en todos los Masterchef “all of the world”) , la quintaesencia de la cocina no cocina, el reality show de la cocina imposible, de la cocina del “editing”,de las selecciones más arbitrarias, de la impecabilidad productiva., de la cocina básica y de la otra, la “alta”, que luego de cincuenta años de destrucción del ligado de Auguste Escoffier, el racionalista- “reduccionista” del más grande genio que la cocina haya nunca producido, Marie-Antoine Carême, es enigma irresuelto si es la cocina catalana, la molecular o la tecno-cocina, la cocina de “hoy”.

Con Masterchef se pasa de la furia a la complicidad simpática, a pensar que es un prejuicio el nuestro, eso de boicotear la plebeya tv, que las alturas de falsedad y las chanchadas del detrás de las bambalinas sean solo el perverso producto de los medios (“¡Es la televisión! ¡¿Qué pretendes?!”) y no del “affaire cuisine”.

Otra: del marmitako “a la manera tradicional”, a la versión “ortodoxa – abstracta (o molecular ¿o deconstructivista o reconstructivista?) del cocido madrileño (propuesta por un chef invitado: un aborto por donde se lo mire el pobre cocido “revisitado”, pese a las sonrisas de los jueces (para nada convencidos  a decir verdad), a la consagración del consagrado (aunque sea una ridiculez), a una cocina “básica”. No llamen muchachos por favor “básica” a la cocina llamada tradicional, o sea la cocina de casa, la cocina del “pueblo” digamos, porque los que saben bien de estas cosas, ese tipo de cocina es la más difícil de definir y de estudiar.

 

Una fo-to-gra-fía, digamos, inmaterial o material, de una cocina”verdadera la de antes” y “la que se tiene que hacer ahora” con combinaciones cromáticas y de aprovechamiento del producto que, junto a la técnica, que constituyen el objeto del juzgado. Un uso instrumental siempre más electrodoméstico-maquinoso (con enorme agradecimiento de la industria metalmecánica) en el cual Adriá triunfa en pleno: el sifón, la máquina de vacío, el soplete, los polímeros,  el agar, el colágeno “que no altera el gusto”, , el rulo al calor de chocolate, el cubito de mermelada allá, la quenelle de helado acá y el sin fin de pralines de Jordí Roca, de “chocolates al gusto de” (abolida la palabra “bombón”)… “Anarquía” el postre triunfo de la internacional pastry en el 2003 con ese hormiguero chocolateado y el comensal-cliente que se tiene que sorber las 43 piecitas 43… ¡Ahhh! Y además: la sonrisita cómplice por las estrellas  Michelin “huéspedes”, los rostros extasiados de los competidores, gladiadores condenados a muerte ante  la aparición de la fiera.

 

Masterchef… Sin embargo, le tengo afecto a  Masterchef España, este año en edición 5º, cifra que se puede considerar eterna para los tiempos televisivos. Una edición, como las cuatro precedentes, impecable, porque Masterchef es, sobretodo, una magistral clase de producción televisiva; la gastronomía y la cocina viene por lejos detrás. Este es el verdadero secreto del lenguaje mediático, la semiósis “mágica” del medio de comunicación: parece que hable de algo “otro” pero ineludiblemente habla siempre de sí mismo. En suma, si quieres ser aprendiz cocinero cambia canal muchacho porque aquí estás aprendiendo “Media communication”.

El paquete está servido: horas y horas de la más alta producción televisiva, con una manipulación pícara de la imagen donde la narración es una compleja acción de auto-plagio, un guión eficaz y un sintagma solo y solo uno, institucionalizado por un reglamento–chicle que se adapta a una dimensión del real–fantástico y donde se pasa pues de la ortodoxia normativa adulta  a la heterodoxia sentimental-artística-infantil. De quince participantes se aumenta a dieciséis en un vértigo de generosidad, la calabaza olvidada en el “supermercado” es motivo de inapelable despido pero a la manteca olvidada se le concede una merced; una prueba de exteriores catastrófica capitaneada por una participante desastrosa que milagrosamente pasa el turno semana tras semana y tú te preguntas “¿Qué hace esa chavala ahí?” viene acogida con una sonrisa de papá que perdona el capricho del crío, mientras otro capitán que no cumplió a raja tabla  su tarea viene “degollao” sin tantos preámbulos. A esta esquizofrenia el espectador se habitúa y disfruta. Es la ficción de la cocina en una dimensión espacio–temporal que como una partitura tiene aceleraciones y dilataciones, que en la  vida “normal” serían motivo de desconcierto, de infarto miocárdico. Acá en cambio, no. El encuentro con los  parientes duran unos veinticinco segundos y el batir la mayonesa un minuto y medio, un litigio, dos minutos o dos segundos, los silencios antes del fallo de los jueces: eternos.

Masterchef se te aproxima y te advierte: sientes que está por suceder lo que imaginas, asemeja en esto al repertorio operístico. El público de Masterchef es el mismo público de los carruajes en tiempos de Rossini, solo que el Maestro sabía que la cocina no podía ser ficticia; no pretendía esto cuando iba a lo de su amigo Dugleré. Acá todo es ficticio, no hay reyes, ni criados, ni costureras enfermas, ni doncellas encantadas, ni campesinos celosos: en el escenario hay gente que compite, en una arena costosa y perfectamente aceitada. Gana el que cocina un poco mejor que los demás sí, pero sobretodo el que posee ese famoso “halo” del cual hablan una vasta gama de especialistas–entendedores o simples aficionados  de todos los días, que se dan cuenta que en esta vida algo está regulado muy mal y no se logra encontrar la falla.

 

Masterchef me la trago solo porque está bien hecha y creo incondicionalmente (y sufro cuando se equivocan a menudo con los participantes) en Pepe Rodríguez, Jordí Cruz y Samantha Vallejo-Náguera, pese al armatoste mediático y a la marea de participantes desfachados por ignorancia, cálculo o suerte.

En algo tienes que creer…

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